En legítima defensa

Anoche, y la noche anterior también, soñé que aparecías de pronto en una esquina. Eras vos, no me preguntes cómo lo sé, estoy seguro de que eras vos. Me mirabas serio y compungido, con ojos de penumbra, y no me dejabas avanzar. Yo te pedía por favor, te suplicaba que me dejaras pasar, pero vos seguías ahí, inexplicable e inquebrantable en tu invasiva terquedad. Entonces, en el sueño, sacabas un arma y me apuntabas a la cabeza, te reías con una carcajada macabra que inundaba el paisaje onírico de mi reposo. Justo antes de que tu dedo jalara el gatillo me desperté.
Por eso, querido lector, vine a buscarte acá, en tu sueño. Tenía que tomarte por sorpresa, adelantarme para acabar con tus intenciones. Estoy actuando en legítima defensa. No sé nada de vos, tendrás tus motivos para querer matarme, yo, tengo los míos. Quien sabe, a lo mejor, tenés suerte y te despertás, antes de que apriete el gatillo.
©Sandro Centurión


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