No toquen mis cartas

© Sandro Centurión

Fue allá por el 2001, como todos los sábados a la noche nos juntábamos para jugar al truco, el negro zombi, La Pora Ortigoza, Kelonios Bornes y yo. Era una excusa para no dejar de encontrarnos, y hacer lo que suelen hacer los amigos que disfrutan de la cercanía de ese otro ser humano que pone el oído y se ríe de las pelotudeces que uno dice. Kelonios Bornes fue el último de los cuatro en llegar, con su arribo dimos inicio a la partida de truco y abrimos una botella de vodka que Bornes en el primer trago se encargó de dejarla por la mitad. Ninguno de nosotros tenía fama de bebedor pero sin duda quien más se esforzaba en serlo era Kelonios Bornes. Aquella fría noche de julio Kelonios tuvo su primera, única, y gran borrachera, por lo menos hasta ahora.
La partida de truco estaba a punto de definirse, el marcador indicaba 12 a 10 en buena para el negro zombi y yo. Entonces, pasó aquello. Kelonios Bornes liquidó en el tercer trago la botella de vodka, dijo “permiso, muchachos, ya vuelvo. No toquen mis cartas o les corto las manos” y se dirigió al sanitario con aparente paso firme.
La partida se detuvo, y acaso también lo hizo el tiempo, fue como si desde entonces la noche nos hubiera pedido prestados los chistes malos, el pensar espontáneo, la risa fácil y la reflexión compartida. La espera se hizo recuerdo, y habitó entre nosotros.
Es cierto que aquella noche fuimos varias veces a ver qué le había pasado a Kelonios Bornes. ¿Todo bien?, le preguntaba, todo bien, me respondía, no toquen mis cartas o les corto las manos”. Entonces, lo dejábamos sólo en el sanitario y volvíamos a la espera, a la charla, al vino comprado a deshora en lo de don Octavio, a contar historias ya contadas tan solo para disfrutar escucharnos unos a otros volver a contarlas. Al amanecer nos fuimos, sobre la mesa quedaron las cartas de una partida inconclusa. “Nos vamos Kelonios, ¿todo bien?”, le dije. “Todo bien. No toquen mis cartas o les corto las manos”.
Quince años después Kelonios Bornes sigue en el mismo lugar, encerrado en el sanitario recuperándose de a poco de aquella borrachera inagotable. Sabemos que está vivo. “¿Todo bien?” le pregunto. “Todo bien”, me responde, “no toquen mis cartas o les corto las manos”. Entonces, como todos los viernes, de los últimos quince años, los tres volvemos a la mesita de madera. Yo miro mis cartas y espero a que Kelonios en algún momento salga. Ha de tener una buena mano, digo, y pienso que a lo mejor con el siete de oro y el as de bastos no alcance para ganarle.

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