Intercambio

©sandro centurión

Intercambiamos miradas durante toda la mañana. Ella puso sus ojos en mí, y yo puse los mío en ella. Era un acuerdo tácito de anónimas soledades. Sus ojos vieron mi taza de café a medio terminar, la corbata desprendida, la marca reciente del anillo, la barba semicrecida y la vieja cicatriz en el mentón. Mis ojos, en cambio, vieron, el jugo de naranja y el sándwich de verduras, el arete en la oreja izquierda, el piercing en el ombligo, las arañitas que escapaban más allá del límite de la falda, la transparencia de la blusa, y el rojo pálido en sus labios. Cuando se fue, mis ojos se fueron con ella, no pude hacer nada para evitarlo. Yo me quedé con los suyos. Tienen una mirada lejana, distante, profana. Al fin y al cabo, creo que salí ganando .

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